jueves, 21 de octubre de 2010

Yourself & The Boat

Cuando chico navegábamos, con mi viejo, tenía un yate. El "Pregón", se llamaba el Doufour de 32 pies. Y se llamaba así, porque los primeros dueños tenían apellidos que empezaban con "pre" y con "gon" (seguro que había un González, pero del otro no me acuerdo nica). Era un yate viejo, medio guatón. Andaba lento, pero era cómodo. Así salíamos de la cofradía, con cortavientos puestos y sentido de importancia. Cuando la suerte me favorecía, mi viejo me dejaba avisar la salida por radio: "Cofradía, cofradía, aquí Pregón..." Me encantaba, me creía la muerte.

Había poco que hablar ya embarcados, estábamos todos siempre atentos al debido proceso: cazar la vela, agacharse al virar (o simplemente disfrutar de la proa)... en fin, había que saber lo que se estaba haciendo. Y es que, o se era marinero o polizonte. Léase: se trabajaba o se tomaba solcito... como las minas. De cualquier forma, mi viejo-capitán siempre repitió algo que quedó como principio de nuestras operaciones en el yate. Y lo decía en inglés, porque... no sé por qué, pero lo decía en inglés. "One hand for the boat and one for yourself". Lo recuerdo muy nítidamente. La idea es que no porque había que trabajar, se prescindía de la seguridad necesaria para no caerse al agua. Nada de chistoso hubiese sido que la botabara te diera de lleno en los dientes y te mandara de un salto hacia las sirenas.

Y anoche pensaba en la ética, porque en eso me paso, aparentemente (ya poh, pelao, cuál es el punto). El punto es que aquella mano, aquella hand que atiende el barco, es igual de fundamental que la que te sostiene para no caerte. Y hay que admirar la inteligencia del dicho si lo extrapolamos al diálogo.

Diría: "one mind for the boat, one for yourself". Cuánto se parece a la ética psicoanalítica. Porque es una ética en la que el entendimiento del otro no sirve para nada si no se tiene en mente la mente propia. Hay que saber de cuánto son los lentes que uno tiene puestos, cuán ciego está uno y cuánto quisiera estarlo. "One mind for the other - entonces -, one for yourself". Y es que en la sesión no se puede restar la presencia del analista si no se sabe en qué consiste más o menos esa presencia. Y para la vida cotidiana, más vale asumir la responsabilidad propia, que evitarla. Porque lo que se dice, a ver, siempre dice más de uno que del que uno tiene en frente.

Quizá es justamente aquí, donde se puede construir un valor de una psicología. Para cualquier efecto, conviene saber que antes de siquiera mirar al otro, es más valioso conocer desde donde se mira. Y es que se trata de asumir las responsabilidad del enunciador, más allá del enunciado y gracias al enunciado. El reconocimiento de ese límite entre el que dice y lo que se dice, abre la posibilidad de una prioridad cuidadosa y nunca pretenciosa (boastful, es la mejor palabra), en tanto espontánea: es el sujeto en su singularidad y es, en efecto, reflejo de una ética. Y es que es imposible no tener una ética, aunque es perfectamente posible - y frecuente - no asumirla tras el discurso. De eso estamos hechos. Me cuesta pensar en esto, porque... me cuesta pensar esto.

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