El fin del año 2010 demuestra ser, para Chile, tiempo de gran tensión y animosidad entre los viejos estereotipos conservador-religiosos y, por otra parte, los que no vacilan al autodenominarse “liberales con conciencia social”. Temas de hoy son la ley de aborto terapéutico, pedofilia en el clero y las declaraciones de Ximena Ossandón, ex-vicepresidenta de la Junji.
A propósito de estas recientes pugnas entre sectores que se gritan, pero que no son capaces de comunicarse, se pone de relieve la hipocresía patognómica de este país.
Con respecto al aborto, la pedofilia en el clero y Ximena Ossandón, pareciera que los “tolerantes” se pelean con su opuesto, los “intolerantes”. Cada lado, por supuesto, es dueño de la tolerancia. Lo que toma un poco de esfuerzo, es entender que aquí todos toleramos lo que supuestamente nos repugna.
Quienes abogan por una legalización del aborto, toleramos lo que consideramos autoritarismo. ¿De qué manera? Por omisión. Esperamos pasivamente que nos entreguen nuestro derecho a decidir. Como si el poder político no tuviera costo, como si se regalara. Nadie aborta abiertamente, ni se asocia para adquirir peso político ante decisiones que le conciernen. Por otra parte, “en la otra esquina”, los que condenan la ley de aborto terapéutico no denuncian a nadie por abortar; saben que en Chile se aborta cotidianamente y ninguno de los Poderes del Estado hace nada al respecto. Tampoco, por supuesto, se hacen cargo de quienes dicen querer proteger. Ellos también toleran lo que dicen condenar.
En el caso de la pedofilia en la Iglesia, lo mismo. Esto no es nuevo. Quienes decimos aborrecerlo estamos más preocupados de argumentar una posición ética, que de desbaratar a fuerza de lobby los muros de contención puestos por la Iglesia. Por supuesto, una posición ética es inargumentable fuera de su propia lógica, pero nos encanta ver quién grita más fuerte. La Iglesia, por otro lado, parece hacer vista gorda, porque cualquier institución con tal historia y cantidad de incidencias aberrantes debiera priorizar activamente una solución radical al problema que tiñe a la institución de una incongruencia violenta y detestable. Aquí, en realidad, no hay disputa, todos nos toleramos en la realidad más allá del discurso, aunque nos saquemos la madre. Estamos todos coludidos en menoscabo de las futuras víctimas de pedofilia clerical. ¿O acaso por arte de magia o derecho canónico no habrá más abuso sexual ni encubrimiento por parte del clero?
El caso de las declaraciones de Ximena Ossandón, finalmente, es el más notable en términos de esta hipocresía chilena. Todo el mundo se escandaliza porque Ossandón twittea que su paga es “reguleque”. ¿A alguien le cabía alguna duda sobre cómo esta mujer calificaría su sueldo? Por supuesto que para ella es “reguleque”. Todos sabemos que, mientras la inmensa mayoría de los chilenos vive con menos de un décimo del sueldo que recibe Ossandón, hay, del otro lado de la ciudad, un segmento mucho más acaudalado, pero mucho más pequeño, que opina lo mismo que la ex-vicepresidenta de la Junji. Todos toleramos esto y nadie anda perdiendo la cordura.
No obstante esta tolerancia ante el estado de cosas, lo que moviliza, lo que hace noticia, lo que convoca a la opinión pública, nunca son estas realidades que conocemos y que decimos odiar. Lo que hiere nuestra sensibilidad no es la brecha entre los estratos socioeconómicos, ni la realidad del aborto en Chile, ni la absoluta pasividad y desorganización ante una la Iglesia, que lleva siglos resistiendo hábilmente a una escrutinio por parte de la sociedad civil y el Estado.
Pero nos escandalizamos y decidimos manifestar nuestra rabia cuando se devela que en Chile se puede hacer de todo, pero está prohibido decirlo, no se puede hacer proselitismo del status quo (claro, mostramos la hilacha). Puede haber una brecha distributiva ridículamente polarizada, pero se nos paran los pelos cuando Ximena Ossandón dice que tres millones es un sueldo mediocre. En este sentido también, se puede abortar, se puede y se hace, pero no abiertamente ni mucho menos legislar en la materia. Y por último, la Iglesia seguirá, no me cabe la menor duda, amparando a psicópatas, pero, como incluso los más acérrimos rebeldes chilenos no quieren perder el podio y actuar, no es lícito que la sociedad civil ni el estado ataquen y sancionen a la institución de la Iglesia.
Cometemos el error de suponer que aquí hay, al discutir, dos sectores opuestos, disociados. Este supuesto es de sesgo ideológico por excelencia, decidimos plantear el problema como una pugna entre dos sectores opuestos. La verdad de las cosas es que Chile es uno solo y en él, se puede hacer de todo, todo se tolera. Lo único que no se tolera, es que aparezca alguien que diga algo que evidencie la realidad nacional, como Ossandón. El que ose a mostrarnos aquella realidad cuya responsabilidad queremos eludir, se transforma en paria. Karadima, Ossandón, la Iglesia y el percentil de millonarios pueden quedarse tal cual donde está, hacer lo que hacen, pensar lo que piensan, violar lo que violan, pero nunca, ni siquiera bajo el pretexto de la espontaneidad, pueden decir algo que resuene a verdad. Eso no se perdona, a ése lo linchamos en la plaza.