La esencia del Otro es no poder ser sabido, creo, ¿no? Estas formas de objetos que suben al lugar del Otro SON siempre, quiero decir, al Otro hay que ponerle objeto. Lo que quiero decir con esto es que este lugar, significante por excelencia, en el que se erigen sentidos, también se cristalizan sentidos. El instituyente se torna instituido y deja de significar, deja de dejarse simbolizar, se imaginariza, se torna escultura ahí (a veces bella), donde una vez hubo soporte discursivo, imagen donde una vez, míticamente, hubo palabra y vacancia. Muere la posibilidad de dialectizar algo. Y es porque en la esfera de lo social, lo que no entra en interjuego con lo inistituido, con el Amo, simplemente no entra en juego, incluido el Amo que empieza, desde un primer momento, a comer de su propia carne. Ahora, cuando el esclavo se torna Amo, no hay ya más metonimia para él, no hay más falta en ese lugar, por lo que el imperativo en la punta de la pirámide es el de la perpetuación. No hay otro imperativo, otra ética, otro deber, que el de permanecer si ya se está. Y permanecer implica aplacar toda resistencia posible que amenace con simbolizar (o, aquí, simplemente leer) aquello que no quiere más que permanecer. Ésta es la ética del poder: la de permanecer, la de perpetuar-se. Y no "perpetuarse", solamente, porque en una estructura no basta con apuntalarse uno mismo, hay que apuntalar y cercar la estructura entera.
En todas las épocas, hay uno que otro objeto que vela esta falta en lo simbólico, pero no cualquiera, uno de privilegio social, ¿no? Y con social, para el minucioso, hablo de aquel que encuentra, vía cultura, su lugar en las manos de un poder social concreto. El lugar del saber que se sobrevende al analista en un análisis tiene su homólogo, transferencial también, en la ideología. También en el encuadre de lo cultural hay un lugar de saber reservado para el que sepa ocuparlo, contra el cual los discursos subjetivos especularizan, se miden, se agreden, se prohiben y se prescriben, en fin, se cruzan y se subsumen. Pretender heroicamente someter este lugar (en lo social, no lo analítico) a una ética de la norma, es imposible, pues él mismo la norma. Esto no es nada nuevo, bah, todos saben que la ética que se instituye se moraliza por regla. Ética instituida es, sin lugar a dudas, moral. Y el valor que tiene la norma para el discurso del poder es, sin lugar a dudas, moralizante, así decidimos qué queda dentro y qué queda fuera. ¿A qué ética se puede someter este lugar de saber ocupado por un objeto? A la ética de sí mismo, no. Este lugar crea para sí una ética, que al estar donde está es moral. Por lo tanto, nada podría sacar un instituyente sometiendo a la moral a sí misma, es que sería burda tautología, burda ilusión. Otra (con mayúscula) ética será entonces la encargada de destronar la moral. Aquí es donde se pone peliagudo el asunto. ¿Qué ética tiene la capacidad de destronar a otra? Cualquiera. Pero ha de ser una bien preparada, bien entrenada para el combate y, ojo, con filas. Pretender, nada menos, que refundar una ética social, es hoja de doble filo. Porque debe perfilar en sí otro objeto, otro símil de falo imaginario que prometa derrocar y logre el sarcasmo necesario, la ironía necesaria, para hacer pasar su objeto por noble bandera de lucha. "Mirad esto, que es bueno, es más, es mejor que el que ya compraste". ¿El destino de este objeto? El mismo que el del anterior, corromperse, pero con la ironía nos engañamos en esta dicción, a nosotros mismos, digo. Porque no basta con destronar, hay que llenar el vacío que se deja. Esto es historia, hoy la única fórmula es la no-fórmula, ésa es la fórmula post-posmodernismo. Es decir, la única fórmula es cambiar de fórmula, todas son falaces y, ciertamente, expiran. Una sociedad, eso sí, sin este objeto, sin fórmula, es una sociedad ácrata, no es ni siquiera sociedad. Así que allá con los anarquistas.
Queda, entonces, como consecuencia ética y por tanto única, el cambio. El cambio es lo único que se le puede hacer al objeto, que ya no es más significante. Cambio, porque el cambio es ética que, con algo de desenfoque, no se deja moralizar. Si hoy la iglesia (no, no se me pasó la mayúscula) resiste a su propia moral, sería por la misma razón que el presidente de la Corte Suprema no es fácil de enjuiciar. La misma razón que impide que las constituciones se cambien una vez al año, porque una vez que en ella se dicta la ley, el cambio se torna mítico e irrelevante. Se convierte en vara de medir. En otras palabras: ¿con qué medimos la vara? Claro, con otra vara.
Este objeto-iglesia está en manos de una larga cadena de señores (enfatizo el género, no el estrato). ¿Regalaría el objeto que está de tapón invisible del Otro? Lo dudo, no soy capaz de someterme a mi propia ley, porque sé que no resistiría. La ética entonces no está en el objeto (pero los jetones la siguen buscando ahí), está en el cambio, en la metonimia, si se quiere. El constructivismo necesario para esta lógica nos dice que no es demonio ni angel, este objeto, es función. Luego función de poder social. La función "poderna", si se quiere (¿habré inventado algo? dudoso). La ética indica cambiar este objeto, no porque es malo, sino porque aburre. Y el ocio, hijum, es la madre de todos los pecados.
Falta el cómo. A través de la norma como operador lógico, dice Eva Giberti. Veremos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario